Hace años, cuando empecé con las clases online para adultos, intenté,
sin ningún éxito, que mis alumnos de instituto se conectaran a alguna
clase, hacer enseñanza semipresencial o por lo menos ayudar la enseñanza presencial con pequeñas pinceladas online, pero no lo conseguí.
Cuando empezó todo esto pensé que sería una oportunidad para que los chicos conocieran las excelencias de una forma de aprender desde casa, mucho más cómoda, en la que, aunque los padres crean lo contrario, están más concentrados porque no pierden el tiempo con sus compañeros, tienen más recursos y es más “divertido”.
Y ahora después de casi 4 meses…
Sí, hablas con los alumnos, les explicas, te preguntan dudas, corriges ejercicios; aparentemente todo igual que una clase normal. Pero no es normal, no tienes que estar diciendo a cada momento: “fulanito! Ponte a hacer los deberes”, “¿Queréis callaros?”, no puedes comentar el día a día, ver sus caras, notar lo que piensan. Se pierde la esencia, que no es sólo enseñar o hacer un problema de matemáticas, es la complicidad, la confianza, los nervios compartidos a la hora de un examen.
Hoy se examinan mis alumnos de selectividad, que al contrario que todos
los años, son alumnos que no conozco, no he visto, no sé nada de ellos.
Simplemente han seguido mis clases a través de la pantalla de un ordenador.
Hoy echo de menos muchas cosas.
¿Enseñanza online o presencial? Presencial, sin duda alguna

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